Aquí vamos de nuevo.

 Aquí vamos de nuevo, historias con puntos suspensivos que nos corretean en los pasillos. Pero ahora las rodillas son unas matracas, el cabello se escapa de nuestra cabeza y las cordilleras se antojan cada vez más imposibles. 

​​Aún no estamos ahí, en la imposibilidad. No estamos estáticos como plantas interiores. Artificiales sin necesidad de agua. Hacinados en un colchón con colonias de ácaros que se agazapan en nuestro calor corporal y anhelan los humores de nuestra espalda. Aún no, por lo menos físicamente.

Estamos en trance.  Con la cabeza inclinada como orando a un dios. Somos espectadores de un caudal incesante de “realidades” perfectamente curadas para nuestro disfrute. Nos vemos tentados a participar en la farsa pero reculamos. Cerramos cualquier resquicio hacia nuestra intimidad. Ante cualquier atisbo de sentirnos vulnerables nos escondemos debajo de las cobijas. Pero no importa, ya somos dominio público. Estadística en una interminable cadena de caracteres que nos define como producto. A o B. Consumidores voraces que maman de la teta del “fast fashion” y el miedo a quedar fuera de lo que está de moda, lo mundano e intrascendente.  

Artífices de nuestro propio destino y sin embargo incapaces de cerrar los ojos, detener la marcha, escuchar cantar al gorrión y sumergirnos por un instante en el aquí y el ahora. 

Inevitablemente miro hacia atrás y añoro otros tiempos pero ahora con otro lente. No hay crítica, solo es satisfacción por haberlo intentado. 


Te recreo en mi mente. Tu sonrisa, la cadencia de tus pasos, tus lunares, tu pantalón verde, esa mirada que se inventó un idioma para escribir entre líneas lo que ninguno de los dos se atrevió a decir.  

Ya no hay tempestades. Solo un oleaje suave que despide al temporal. El murmullo de alguien leyendo en voz alta en una hamaca que se balancea parsimoniosamente haciendo crujir un par de troncos que se aferran a la arena. 


Crucé un puente. Debajo de mí desfilaron embarcaciones que llevaban tu nombre. Descubrí el ritmo de tus manías y fui descifrando poco a poco el aroma de tu perfume. Una melodía que se negaba a ser silenciada. Los ecos de una leyenda en donde tú eras protagonista y yo el asiduo espectador. 


El otro día mientras caminaba por Venecia me detuve a mirar una farola que tintineaba. Anunciaba la noche mientras la hora azul se escapaba sobre el agua de los canales que transportaban a los últimos turistas. El aire era espeso y había una bruma que filtraba los colores haciéndolos lucir como en una paleta de acuarelas pastel. A lo lejos una cúpula aguamarina y las campanas doblando como anunciando que la atmósfera era la correcta. Tomé una foto y casi de inmediato me arrepentí. Solo deseaba que estuvieras ahí junto a mí. Cómplice de mil derroches. Los poemas interminables y los borradores eternos de una novela abandonada en el cajón. Exploradores de mundos alternos y realidades construidas sobre roca volcánica. El fulgor de una idea que se esconde bajo las novelas de suspenso. Corriendo para alcanzar el tren pero sin miedo a descubrir nuevos parajes. 


Te imaginé en un paisaje bucólico. Praderas interminables que bailan con el viento del norte. Con tu gorro rojo. Viendo  el vaho desvanecerse  contra los guantes que cubren tus manos. Un termo en la mochila y las botas desgastadas de toda la vida. En el reflejo de un aparador de utensilios de cobre. Ahí te voy encontrando. En medio de multitudes y entre los que observan con asombro al mimo que se deshace en artificios para que echemos a volar la imaginación. 


Ya no hay excusa. No hay baraja marcada ni destino escrito en piedra. No hay paradoja inexorable ni laberinto indescifrable. Un salto al vacío sobre un valle que empuja a nuestro cuerpo ingrávido, etéreo. 


Aquí vamos de nuevo.



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